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Actualizado el 7 de Agosto del 2017 (Publicado el 3 de Febrero del 2017)
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79 paginas
CryptoPeriodismo
Manual Ilustrado Para Periodistas



nelson fernandez

Pablo Mancini







Un paranoico es alguien que sabe
un poco de lo que está pasando

William S. Burroughs

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Índice
1. Prólogo: Una brújula para periodistas, por Andrés
DÁlessandro

2. Introducción

3. Cómo generar contraseñas seguras

4. Cómo gestionar claves

5. Cómo armar un sistema de correos no vinculante

6. Cómo encriptar el contenido de los chats

7. Cómo anonimizarse al usar Internet

8. Cómo construir un túnel privado

9. Cómo tener una privacidad “bastante buena”

10. Cómo asegurar su teléfono

11. Cómo encriptar un disco

12. Nos vemos en el café de la esquina




 

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Prólogo: Una brújula para
periodistas

Todas las cosas son palabras del
idioma en que Alguien o Algo, noche y día,
escribe esa infinita algarabía
que es la historia del mundo. En su tropel

pasan Cartago y Roma, yo, tú, él,
mi vida que no entiendo, esta agonía
de ser enigma, azar, criptografía
y toda la discordia de Babel.

Detrás del nombre hay lo que no se nombra;
hoy he sentido gravitar su sombra
en esta aguja azul, lúcida y leve,

que hacia el confín de un mar tiende su empeño,
con algo de reloj visto en un sueño
y algo de ave dormida que se mueve.
“Una brújula”, Jorge Luis Borges

A la espalda de Winston, la voz de la telepantalla
seguía murmurando datos sobre el hierro y el
cumplimiento del noveno Plan Trienal. La telepantalla
recibía y transmitía simultáneamente. Cualquier sonido
que hiciera Winston superior a un susurro, era captado
por el aparato. Además, mientras permaneciera dentro
del radio de visión de la placa de metal, podía ser
visto a la vez que oído. Por supuesto, no había manera
de saber si le contemplaban a uno en un momento dado.
Lo único posible era figurarse la frecuencia y el plan

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que empleaba la Policía del Pensamiento para controlar
un hilo privado. Incluso se concebía que los vigilaran
a todos a la vez. Pero, desde luego, podían intervenir
su línea cada vez que se les antojara.
“1984”, George Orwell

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La ficción, qué duda cabe, se anticipó de manera
profética innumerables veces a la realidad. Y no sólo
en lo que se refiere a cuestiones tecnológicas o
científicas, sino también (y más bien) a aspectos
sociológicos y filosóficos. 1984, la fantástica novela
distópica que publicó George Orwell en 1949, debe ser
uno de los textos más citados y divulgados de la
historia contemporánea. Por la academia y por la calle;
en sesudas tesis universitarias y también en anodinos
paneles televisivos.


A pesar de que Orwell habló de telepantallas y
jamás imaginó algo parecido a una red de redes (ese
mérito en la ficción podríamos adjudicárselo a Murray
Leinster, Fredric Brown, Isaac Asimov o William Gibson),
con su nihilismo y desencanto logró predecir algunas de
las características más riesgosas que configura
Internet: su ubicuidad y omnipresencia (¿policial?).


Esa mirada paranoide es también la primera

sensación que despiertan ya desde la Introducción
Nelson Fernández y Pablo Mancini cuando explican porqué
y para qué hacer un Manual Ilustrado de
CryptoPeriodismo. (“Si algo es fácil actualmente es
monitorear y espiar las actividades de un periodista”,
nos alarman). Pero, por suerte para el lector, su
mirada no se agota en el pesimismo inicial cuando
describen con información y sin mitología la

militarización de la Red en el mundo y cómo nos espían
en la Argentina, temas que deberían (preo)ocuparnos más
a periodistas, blogueros, defensores de derechos
humanos, abogados, intelectuales, políticos, académicos,
etc.

Internet, las redes sociales y las herramientas

digitales son aliados fundamentales para la tarea
profesional de los periodistas. Trabajemos en el
formato que trabajemos, medios tradicionales o nuevos
medios, el ecosistema digital nos sorprende cada día
con novedades y nuevas posibilidades.


Sin embargo, los periodistas tenemos la obligación

de ser conscientes de los riesgos crecientes que
también aparecen en el horizonte con el uso de las
nuevas tecnologías digitales. En eso se basan los
autores del Manual para convencernos de que periodistas
y medios debemos adaptarnos a esta nueva realidad sin
volvernos (tan) paranoicos.

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Por la lógica y los procedimientos profesionales
que se involucran en nuestra tarea, y por los valores
éticos y la responsabilidad social que implica en la
relación que tenemos con los ciudadanos en un sistema
democrático, los periodistas debemos necesariamente
conocer y asumir como parte de nuestra actividad
cotidiana los nuevos peligros a los que nos exponemos.
Peligros que directa y/o indirectamente pueden afectar
tanto a la materia prima con la que trabajamos, la
información, las fuentes, los documentos, así como a
nuestra reputación y a la de los medios en los que
trabajamos, y a nuestros colegas.


En la paranoia orwelliana cualquier sonido o

movimiento de los habitantes de “Oceanía” era


 

registrado y escuchado por la Policía del Pensamiento,
y luego ese “hilo informativo” permitía a los
funcionarios del Partido Único apresar, torturar y
doblegar moralmente a los díscolos o rebeldes como
Winston Smith, para que, traicionados y derrotados,
acepten la “verdad” impuesta por el Gran Hermano.


Para vencer esa persecución permanente, dice Orwell
casi al comienzo de su novela, los “proles” tenían que
vivir con la seguridad de que todos sus movimientos
serían observados, y con la certeza de que ese hábito
finalmente se terminaba convirtiendo casi en un
instinto de supervivencia.


Este Manual es una brújula, que permite señalar en

varias direcciones los hábitos que deberíamos asumir
los periodistas como seguras salidas al laberinto que
presenta el uso (y abuso) de la tecnología, seamos
expertos o ignaros. Con sutiles diferencias respecto
del mundo que pinta Orwell, pero con la presencia de
ciertos mecanismos perfeccionados de control y
espionaje que hubiesen asustado aún más al autor inglés.


Asuntos casi siempre complejos como generar

contraseñas seguras, gestionar claves, armar sistemas
de correos no vinculantes, encriptar el contenido de
los chats y de los discos, anonimizar el uso de
Internet, asegurar el uso de los teléfonos celulares,
etc. aparecen explicadas paso a paso en el Manual de
CryptoPeriodismo e ilustradas de una manera didáctica y
comprensible, aplicable para periodistas de todo el
mundo.


Mancini y Fernández, especialistas en el tema,
ofrecen con amplia generosidad toda su experiencia,
claves, pistas, atajos, vericuetos y soluciones para

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que periodistas y medios de todas las latitudes
entendamos y nos adaptemos a esta nueva realidad.



Andrés DÁlessandro.
Director Ejecutivo del Foro de Periodismo Argentino
(Fopea.org). Licenciado en Ciencias de la Comunicación
(UBA).




 

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Nunca en la historia la humanidad tuvo tantas

Introducción

herramientas disponibles para comunicarse. El
periodismo, como muchas otras profesiones, es
beneficiario directo de las nuevas formas de
comunicación que la evolución tecnológica está haciendo
posible. Desde hace tres décadas, las tecnologías
digitales auspician una transformación de proporciones
industriales para la actividad de los medios y el
trabajo de los periodistas. Toda una constelación
tecnológica viva de nuevos equilibrios productivos está
empujando hacia una reorganización sin precedentes de
las formas de ejercer el periodismo.


A principios de los años noventa, los medios de
comunicación aprovecharon la ventana de oportunidad
abierta cuando la Web comercial irrumpió en la vida de
cientos de miles de personas. Inmediatamente y en todo
el mundo, las ediciones digitales de los diarios
especialmente, se convirtieron en los sitios más
visitados de la Red.


El cambio de milenio encontró a la Web

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evolucionando de una plataforma de consulta hacia un
ecosistema de participación popular. Los primeros blogs
ya estaban en línea. Proyectos hoy consagrados como la
Wikipedia y Wikileaks eran entonces ideas funcionando
en los cerebros de sus creadores. Los negocios
digitales de la época, la publicidad online y el
comercio electrónico, colapsarían con el derrumbe
financiero que representó la explosión de la burbuja de
las puntocom para luego rediseñar y diversificar sus
modelos de crecimiento como los conocemos en el 2013.




 

Con servicios como Amazon y Google funcionando,

todavía eran impensables "game changers" como Youtube,
Facebook o Twitter, que también tendrían un impacto
directo en la profesión periodística, la distribución
de contenidos, la relación con las fuentes y la
disponibilidad de información a escala planetaria.
Menos imaginables eran entonces novedosas criaturas
mediáticas como The Huffington Post y productos que
rediseñarían la relevancia de las voces autorizadas
sobre temas específicos como Trip Advisor.


A principios de este siglo, con distintos niveles

de aceleración según las regiones del mundo que se
analicen, los periodistas comenzaron a adoptar cada vez
más tecnologías en sus vidas personales y para su
desarrollo profesional. Se armaron de dispositivos, de
herramientas y con infraestructura.


Todo cambio industrial y cultural profundo siempre

engendra apocalípticos e integrados. Los medios
digitales no fueron ni son la excepción. Si bien
todavía tienen lugar las discusiones sobre el valor
destruido y el valor creado en el periodismo, a partir
del desarrollo de las tecnologías digitales en ambos
bandos anida un acuerdo cada día más sólido: el
periodismo s
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