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Actualizado el 10 de Febrero del 2019 (Publicado el 14 de Enero del 2017)
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18 paginas
Creado hace 20a (09/10/1998)
Trampa en el Cyberespacio[+]

Roberto Di Cosmo

Liens-Dmi

Ecole Normale Supérieure

45, Rue d’Ulm - 75230 Paris CEDEX 05

E-mail: dicosmo@ens.fr

Web: http://www.pps.jussieu.fr/~dicosmo

Durante las últimas vacaciones de Navidad me he quedado asombradísimo con la fascinación creciente
de los medios de comunicación por ese oscuro objeto del deseo que se oculta detrás de las palabras
‘‘ordenador’’, ‘‘multimedia’’, ‘‘web’’, ‘‘internet’’ y sus derivados. Si uno creyera a esos medios de
comunicación y a un buen número de expertos improvisados, no se podría pretender ser un ciudadano
de primera clase sin poseer el ultimísimo (y muy caro) material informático que da acceso al paraíso
encantado del ‘‘cyberespacio’’.

Es también difícil ignorar la omnipresente y extraña confusión que nos incita a pensar que el único
tipo existente de ordenador es el PC, por supuesto equipado con un chip de Intel, y que en ese PC sólo
puede haber un programa indispensable, Microsoft Windows[+].

Esto es todavía más curioso si consideramos que el fenómeno de servilismo intelectual ante estos dos
gigantes americanos llega a su punto máximo justo en el momento en el cual los Estados Unidos
parecen comenzar a despertarse de un largo sueño que ha permitido a estos gigantes adquirir una
posición de monopolio prácticamente absoluta. Por el camino, ambas empresas han destruido un
número impresionante de empresas cuyos productos eran de calidad muy superior (todo esto está muy
bien documentado en numerosas obras -- como por ejemplo [1, 2, 3] -- disponibles en los Estados
Unidos, pero no han sido, que yo sepa, traducidas al francés).

Pienso por ejemplo en la campaña lanzada por Ralph Nader (defensor de los consumidores que ha
logrado hacer retirar del mercado un automóvil peligroso producido por General Motors) y en el
proceso que está llevando a cabo el DOJ (Department of Justice, el ministerio de justicia federal de
EEUU) contra Microsoft en este momento. Pienso sobre todo en la sorprendente reacción del público
americano en los sondeos de opinión en Internet: una mayoría aplastante apoya las acciones del DOJ
incluso cuando las encuestas son realizadas por empresas como CNN, que son decididamente
pro-Microsoft en sus artículos (sondeos de opinión de la CNN [4] y también de la ZDnet [5]; esta
última limitó arbitrariamente la duración de la encuesta y no anunció su resultado hasta haber recibido
numerosas cartas de protesta).

Por el contrario, nuestro público está bien lejos del despertar: mecido por la suave voz del
conformismo ambiental, se adormece aún más y más en los brazos de Microsoft. Nuestro público
sueña con un mundo feliz, en el cual un gran filántropo distribuye a todos los estudiantes de Francia
copias gratuitas de Windows 95 con la única finalidad de ayudarlos a recuperar su atraso tecnológico.
Nuestro público sonríe al pensar en las pantallas azules llenas de mensajes tranquilizadores que
explican cómo ‘‘el programa X ha provocado la excepción Y en el módulo Z’’: fallo que por supuesto
no ha sido culpa de Windows, sino del programa X. Nuestro público duerme feliz sin preguntarse por
qué un ordenador mucho más potente que aquel que ha servido para enviar hombres a la luna -- y que
además los ha traído de vuelta vivos -- no es capaz de manipular correctamente un documento de un
centenar de páginas, cuando éste está equipado con ese Microsoft Office que hace tan felices a todos
nuestros comentaristas.

Armario con cajones y lavado de cerebros
He tenido muchas ocasiones de medir personalmente la profundidad de este sueño hipnótico del cual
he hablado anteriormente, pero la más graciosa es seguramente aquella que se me presentó hace algún
tiempo durante un viaje en TGV. Las computadoras portátiles (esos embriones de computadoras que
cuestan tanto como un coche pequeño, que se pueden guardar en un maletín y que sirven con mucha
frecuencia para jugar al solitario) proliferan en estos tiempos casi tanto como los teléfonos móviles,
sobre todo en los trenes y aviones. Pues bien, durante uno de mis viajes, me encontraba sentado al lado
de un agradable señor, joven ejecutivo dinámico, que estaba ejecutando en su máquina el calamitoso
(veremos por qué más adelante) programa DeFragEste programa muestra en la pantalla una hermosa
matriz llena de pequeños cuadraditos de diferentes colores que se mueven en todos los sentidos
mientras el disco trabaja intensamente. No pude resistir la tentación (espero que este señor no se
ofenda si se reconoce en este artículo) y después de haberlo elogiado por su hermoso portátil, le
pregunté, fingiendo la mayor ignorancia, qué era ese lindo programa que yo no tenía en mi portátil.
Con un aire de superioridad mezclada con compasión ( ‘‘el pobre hombre no tiene mi super
programa’’), me respondió que ésta era una herramienta esencial que hay que lanzar cada cierto
tiempo para hacer más rápida la máquina desfragmentando el disco. Continuó repetiéndome de
memoria los argumentos que se encuentran en los manuales de Windows: cuánto más se utiliza el
disco más se fragmenta y cuánto más se fragmenta, más lenta se vuelve la máquina; ésta es la razón
por la cual él ejecuta concienzudamente DeFrag cada vez que puede. En ese momento saqué mi
computadora portátil, que no utiliza Windows sino GNU/Linux (una versión libre, gratuita, abierta y
muy eficaz de Unix, desarrollada por los esfuerzos comunitarios de millares de personas en Internet) y
le dije, con una expresión muy sorprendida, que en mi portátil el disco está siempre muy poco
fragmentado y cuanto más se utiliza menos se fragmenta.

Nuestro ejecutivo, ya menos cómodo, contestó que su portátil utilizaba la última versión de
Windows 95 producida por la empresa más grande de software del mundo, y que yo seguramente me
estaría equivocando en algún punto. Traté entonces de hacerle olvidar por un instante la propaganda
que lo había intoxicado hasta ese momento, explicándole de manera muy simple el problema de la
desfragmentación: voy a tratar de resumirles a ustedes una apacible conversación que duró una buena
media hora.

Usted sabe seguramente que sus datos están guardados en ‘‘archivos’’ que son memorizados sobre el
disco duro de la computadora. Este disco es como un gigantesco armario con cajones, cada cajón tiene
la misma capacidad (típicamente 512 bytes[+]) y cada disco contiene algunos millones de cajones. Si
los datos que a usted le interesan son guardados en cajones contiguos se puede acceder a ellos más
rápidamente que si estuvieran desparramados (a partir de ahora diremos fragmentados) dentro del
armario. Esto no tiene nada de raro, es lo que nos pasa todos los días cuando hay que encontrar un par
de calcetines: uno las encuentra mucho más rápido si ambas se encuentran en el mismo cajón. Estamos
entonces de acuerdo en que es mejor un armario bien ordenado que uno desordenado. El problema
reside en saber cómo hacer para conservar el armario ordenado cuando este se utiliza frecuentemente.

Imaginemos ahora un ministerio que guarda sus expedientes en un enorme armario con millones de
cajones. Nos gustaría, por las mismas razones antedichas, que los documentos relativos a un mismo
expediente se encuentren, en la medida de lo posible, en cajones contiguos. Usted debe contratar una
secretaria y tiene la opción de elegir entre dos candidatas con prácticas bastante diferentes: la primera,
cuando un expediente debe eliminarse del archivo, se limita a vaciar los cajones, y cuando un nuevo
expediente entra, lo separa en pequeños grupos de documentos de la medida de un cajón y archiva
cada grupo al azar en el primer cajón vacío que encuentra en el armario. Cuando usted le señala que
así va a ser muy difícil encontrar rápidamente todos los documentos que tienen que ver por ejemplo

con el expediente del Crédit Lyonnais, ella responde que va a ser necesario contratar todos los fines de
semana una docena de ayudantes para poner de nuevo todo en orden. La segunda candidata, al
contrario que la primera, conserva sobre su escritorio una lista de cajones vacíos contiguos, la cual
pone al día todas las veces que un expediente es cerrado y sacado de los cajones. Cuando entra un
nuevo expediente, ella busca en su lista un conjunto de cajones vacíos contiguos de la medida
necesaria, y es ahí donde coloca el nuevo expediente. Así, le explica ella, el armario permanecerá
siempre bien ordenado, incluso aunque haya muchos movimientos de expedientes. No hay duda de que
es la segunda secretaria la que debe ser contratada, y nuestro joven ejecutivo estuvo perfectamente de
acuerdo.

En ese momento fue fácil hacerle entender que Windows 95 actuaba como la primera secretaria y
necesitaba de ayudantes que ordenen el armario (el programa DeFrag), mientras que GNU/Linux
actuaba como la buena secretaria y no necesitaba de nadie para ayudarla. Al llegar a la estación,
nuestro gentil ejecutivo ya no estaba tan contento: le habían enseñado que DeFrag hace andar más
rápido la máquina, pero habíamos visto juntos que en realidad es Windows quien la hace lenta!

En efecto, el problema de la gestión eficaz de los discos es muy viejo y hace mucho tiempo que se
sabe como resolverlo (la prueba es que Unix es más antiguo que Microsoft y tiene la buena secretaria
desde 1984!). Y todavía hay cosas mucho peores que DeFrag; desafortunadamente, no tenemos
tiempo para contarles todas las pequeñas y sabrosas historias sobre el programa ScanDisk que se
supone tiene que ‘‘reparar’’ los discos, pero que propone opciones incomprensibles cuyo resultado
final es, la mayoría de las veces, la destrucción pura y simple de la estructura de los expedientes, aún
cuando los datos podían haber sido recuperables antes de ejecutar este programa.

No solamente esto es imposible con Unix (a menos que el disco sea taladrado con una máquina), sino
que las técnicas correctas de gestión de un disco son enseñadas en los primeros cursos de informática
de la Universidad desde hace más de 10 años.

La simple existencia de un pr
  • Links de descarga
http://lwp-l.com/pdf758

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